A veces el destino se encapricha en hacer las cosas a su manera. Decide que los acontecimientos sean a su gusto, y no está en la mano del ser humano oponerse a ello. El sino marca quién nace, quién vive y quién muere. Y lo mismo pasa con las tarjetas de crédito (y débito).
Esta mañana estaba en el aeropuerto de La Paz esperando mi vuelo a Rurrenabaque, el principal punto de entrada al Parque Madidi, el Parque Nacional con mayor biodiversidad del mundo. Después de pagar las tasas de aeropuerto, me he encontrado con una oportunidad única para saber si mi tarjeta, a la que había recolocado primorosamente el celo con un resultado estético bastante convincente, había muerto de forma definitiva o todavía podía "engañar" a algún cajero. En el aeropuerto había al menos 6 de diferentes bancos.
La primera máquina me ha devuelto amablemente el plástico, diciendo que la tarjeta no era válida.
Pero al introducirla en el segundo cajero...plop, ha caído. El cajero estaba tan mal montado que la ranura de la tarjeta no encajaba bien, de forma que debajo de la misma había un orificio por el que se ha colado mi queridísima Visa Electron. Obviamente, no había manera de recuperarla, y no me he tomado la molestia de llamar a la asistencia técnica del Banco de los Andes, que le ha dado la estocada definitiva.
Con lágrimas en los ojos, he llamado a La Caixa para anular mi compañera de viajes. RIP, Visa Electron.
viernes, 25 de junio de 2010
martes, 22 de junio de 2010
¡Feliz Año Nuevo! (Aymara)
Copacabana, lago Titicaca (el lugar que dio nombre a la famosa playa de Copacabana, por cierto ;-)
El día 21 de junio fue el solsticio de invierno aquí en el Hemisferio Sur. Además, en esta fecha se celebra el Año Nuevo Aymara, y por extensión el Año Nuevo Andino.
Las culturas precolombinas, y las que descienden de ellas, veneraban al Sol (Inti) como dios principal. Por ello, aunque en algún lugar he leído que la celebración del Año Nuevo Aymara es en realidad muy reciente, tiene sentido que en el solsticio se congreguen para recibir al astro, precisamente en el momento en que se une a la otra divinidad principal indígena, la Pachamama o Madre Tierra.
Hay algunos lugares donde esta fecha es especialmente celebrada, como Tiahuanaco (o Tiwanako), donde se hace la "recepción oficial" en la que participa el propio Evo Morales, o el lago Titicaca, en el cual la leyenda afirma que nació el Sol. Mi hermana y yo escogimos este lugar para reunirnos, junto con algunas amigas suyas. El domingo 20 estuvimos en la Isla del Sol, en el centro del lago, y el lunes 21 nos despertamos prontito para ver el amanecer en una colina de Copacabana.
La ceremonia fue muy interesante. Se había congregado mucha gente (unas 400 personas, básicamente aymaras), en torno a los amautas, los "chamanes" aymaras, que oficiaban el acto. Durante el mismo se da gracias al Sol y se le pide por todo tipo de causas (salud, dinero, estudios, bienestar mundial), apelando a la paternidad que este dios tiene sobre todos nosotros. Es interesante mencionar que aparte de las autoridades religiosas aymaras también había en el círculo principal un franciscano, así como un amauta de nacionalidad francesa con el que pude conversar y me explicó que él es católico. En Bolivia la religión católica y las creencias originarias de los nativos se mezclan de manera fascinante, por lo que no es raro observar una fachada de una iglesia que tenga imágenes "paganas" como un sol y una luna o una mujer con el pecho descubierto.
Pero lo más importante de la celebración son las ofrendas a la Pachamama: hojas de coca, imágenes de cera llamadas misterios que varían en función de la gracia que se solicite, dinero, etc. Todas ellas que se queman en una pila, después de challar (verter) alcohol en la misma.
Y por supuesto cada persona le pide algo al Inti. ¿Alguien se atreve a adivinar qué le pedí yo? Lo que sí os diré es que olvidé solicitar que el resto del viaje me fuera propicio. Vistos algunos antecedentes, no habría estado de más...supongo que si no lo pensé entonces, fue porque este viaje me está dando tanto, que los pequeños tropiezos me parecen ahora una nimiedad. ¡Ojalá siga siendo así!
domingo, 20 de junio de 2010
Potosí – sympathy for the devil
Potosí es la tercera ciudad más alta del mundo, elevándose a unos 4.060 metros por encima del nivel del mar. A estas alturas, nunca mejor dicho, ya me he acostumbrado al mal de ídem, y después del susto del autocar tampoco me preocuparía demasiado por un pequeño dolor de cabeza.
A la vez, Potosí es un lugar donde puedes bajar hasta las profundidades de la tierra, llegando lo más cerca posible del infierno que un ser humano (vivo) puede alcanzar. No en vano, los mineros veneran y hacen ofrendas al diablo, que ellos llaman el Tío, en la creencia de que es él quién controla su destino dentro de la montaña.
Potosí fue fundada en 1561 por los españoles, con el único objetivo de explotar las inmensas riquezas de plata del Cerro Rico, una montaña que se asoma sobre la ciudad de forma amenazante. Hoy en día los minerales siguen siendo su principal fuente de riqueza.
Los ingentes flujos de dinero que produjo la explotación de su patrimonio natural han dejado notables riquezas arquitectónicas, pero lo que más me impresionó fue la visita de una de sus minas.
Tras pasar por el mercado de los mineros y mostrarnos cómo se obtiene la plata pura a partir del óxido y el sulfuro de plata, entramos en la mina. Iba ataviado con unos pantalones y una chaqueta que cubrían mi propia ropa, así como un casco y unas katiuskas. Debido a la escasa altura de las galerías, en pocos momentos podía mantener la cabeza erguida, lo cual me provocaba un gran dolor de cuello. Pero este sería el menor de mis males.
A medida que íbamos bajando nos fuimos encontrando con los trabajadores, que soportaban estoicamente las condiciones de trabajo. Les dábamos algo de coca, bebidas refrescantes, o un poco de conversación. Un pañuelo nos cubría la cara para inhalar menos sustancias tóxicas. Los mineros están afectados de forma crónica por la silicosis, la acumulación de polvo de sílice en los pulmones que acaba por destruir la capacidad respiratoria.
Cuando llegamos al segundo nivel ya estaba cerca del límite de mis fuerzas. Habíamos tenido que arrastrarnos por algunos tramos y la concentración de oxígeno era tan baja que cuando nos sentábamos creía que me iba a quedar dormido. Al llegar al tercer nivel algunos miembros del grupo turístico se habían dado por vencidos y habían ascendido a la superficie. Me costaba tanto respirar que ya no me importaba inhalar polvo y me retiré el pañuelo. Sólo quería aire, y a bocanadas. Tenía rasguños en las rodillas y los brazos. Sudaba a raudales y los ojos me lloraban. Cuando el guía dijo que salíamos me sentí enormemente aliviado.
Estuve en la mina algo más de una hora. La jornada media de un minero en Bolivia son 10-12 horas, y su vida laboral media 15 o 20 años.
sábado, 19 de junio de 2010
Thanatos y Eros
Meeeeeeeeeec…Bum!!! Acabo de tener un accidente en el autocar Uyuni-Potosí. Mi cabeza da un fuerte golpe contra el asiento de delante, que afortunadamente es blando. Instintivamente miro hacia la derecha por la ventana: el autocar se acerca peligrosamente a un terraplén de unos 30 metros de desnivel con una pendiente muy pronunciada, pero se para en seco.
Me palpo el cuerpo. Estoy bien. Se hacen dos eternos segundos de silencio en el autocar. Luego, todo el mundo empieza a hablar. Se oye algún llanto. Miro alrededor, los pasajeros que me rodean están bien. Unos asientros detrás del mío encentro a una pareja de italianos de unos 35 años. Ella se ha hecho un pequeño corte en el labio inferior y es presa de un ataque de pánico. Su pareja intenta tranquilizarla, y yo le ayudo. Le hacemos entender que está bien y no le ha sucedido nada grave, que ya ha pasado todo. Acompañamos a la chica hasta la puerta. Poco antes de salir se desvanece, y la llevamos a pulso fuera, donde recupera la conciencia instantes después.
El resto de pasajeros parece estar bien, a excepción de un joven que rondará los 25 y tiene un moratón en la nariz.
Una vez en el exterior, veo lo que ha sucedido. Hemos chocado frontalmente contra un 4x4 de la compañía que está construyendo la carretera, que iba en dirección opuesta a la nuestra. A juzgar por el lugar donde han quedado los vehículos, parece que el 4x4 ha invadido parte de nuestro carril, pero no estoy seguro.
Me palpo el cuerpo. Estoy bien. Se hacen dos eternos segundos de silencio en el autocar. Luego, todo el mundo empieza a hablar. Se oye algún llanto. Miro alrededor, los pasajeros que me rodean están bien. Unos asientros detrás del mío encentro a una pareja de italianos de unos 35 años. Ella se ha hecho un pequeño corte en el labio inferior y es presa de un ataque de pánico. Su pareja intenta tranquilizarla, y yo le ayudo. Le hacemos entender que está bien y no le ha sucedido nada grave, que ya ha pasado todo. Acompañamos a la chica hasta la puerta. Poco antes de salir se desvanece, y la llevamos a pulso fuera, donde recupera la conciencia instantes después.
El resto de pasajeros parece estar bien, a excepción de un joven que rondará los 25 y tiene un moratón en la nariz.
Una vez en el exterior, veo lo que ha sucedido. Hemos chocado frontalmente contra un 4x4 de la compañía que está construyendo la carretera, que iba en dirección opuesta a la nuestra. A juzgar por el lugar donde han quedado los vehículos, parece que el 4x4 ha invadido parte de nuestro carril, pero no estoy seguro.
Los accidentes de circulación son frecuentes en Bolivia. Al mal estado de las carreteras se unen el exceso de velocidad y de alcohol. La combinación es fatal.
La mitad izquierda del jeep ha quedado destrozada. El motor está inservible, desprende abundante vapor y gotea. Me cercioro de que es agua y no combustible. En cualquier caso, alguien ha tenido la prudencia de desconectar la batería. Nuestro autocar ha salido mejor parado. Se ha abollado el lado del conductor sin llegar a la cabina. Sin embargo, la carrocería que cubre la rueda delantera izquierda se ha deformado hasta llegar a hundir la rueda, que por suerte no ha llegado a explotar. Sea como sea parece poco probable que el vehículo pueda seguir circulando.
El conductor del jeep se ha llevado la pero parte. Me sorprende su juventud. No debe hacer mucho que alcanzó la mayoría de edad. Camina ayudado por sus compañeros, sangrando abundantemente por la cabeza. Es evidente que se ha golpeado contra el parabrisas, lo cual hace deducir que no llevaba el cinturón de seguridad. Aquí nadie lo hace.
Su sangre tiñe el polvo de la carretera. No he mencionado que dos terceras partes de la “carretera” entre Oruro y Uyuni no están asfaltados. Durante el trayecto, incluso manteniendo las ventanas cerradas, entra tanto polvo que si estás leyendo y tardas un poco de pasar de página, al acariciarla con el dedo se te queda impregnado de suciedad.
Me acerco al terraplén por el que podríamos habernos precipitado. La pendiente es considerable, y si hubiéramos caído por ella sin duda el autobús habría llegado hasta la base del terraplén. ¿Qué habría sucedido sí...? Una intensa euforia me embarga por momentos.
La mitad izquierda del jeep ha quedado destrozada. El motor está inservible, desprende abundante vapor y gotea. Me cercioro de que es agua y no combustible. En cualquier caso, alguien ha tenido la prudencia de desconectar la batería. Nuestro autocar ha salido mejor parado. Se ha abollado el lado del conductor sin llegar a la cabina. Sin embargo, la carrocería que cubre la rueda delantera izquierda se ha deformado hasta llegar a hundir la rueda, que por suerte no ha llegado a explotar. Sea como sea parece poco probable que el vehículo pueda seguir circulando.
El conductor del jeep se ha llevado la pero parte. Me sorprende su juventud. No debe hacer mucho que alcanzó la mayoría de edad. Camina ayudado por sus compañeros, sangrando abundantemente por la cabeza. Es evidente que se ha golpeado contra el parabrisas, lo cual hace deducir que no llevaba el cinturón de seguridad. Aquí nadie lo hace.
Su sangre tiñe el polvo de la carretera. No he mencionado que dos terceras partes de la “carretera” entre Oruro y Uyuni no están asfaltados. Durante el trayecto, incluso manteniendo las ventanas cerradas, entra tanto polvo que si estás leyendo y tardas un poco de pasar de página, al acariciarla con el dedo se te queda impregnado de suciedad.
Me acerco al terraplén por el que podríamos habernos precipitado. La pendiente es considerable, y si hubiéramos caído por ella sin duda el autobús habría llegado hasta la base del terraplén. ¿Qué habría sucedido sí...? Una intensa euforia me embarga por momentos.
Dentro de unas horas seguiré haciendo el turista como si nada hubiera pasado. Porque nunca aprendemos. Siempre nos olvidamos de la suerte que hemos tenido, de las suertes que hemos tenido. La vida es algo que damos por descontado. No aspiramos, simplemente, a vivir, sino a vivir mejor. A hacer un viaje más lejano y más exótico, a leer un libro que nos haga más sabios, a ver una película que nos emocione. Anhelamos acostarnos con una mujer que amemos o, en su falta, a acostarnos con muchas. Aspiramos a pensar más en nuestros amigos y que ellos piensen más en nosotros, a ver más a nuestros hermanos y que nuestros padres se sientan orgullosos de nosotros.
Los árboles no nos dejan ver el bosque, o quizás nos fijamos en las ramas del árbol en lugar de dirigir nuestra atención hacia sus raíces.
Pero, hoy, por un breve instante, no he estado equivocado.
Pero, hoy, por un breve instante, no he estado equivocado.
Things to do in Bolivia (when you're robbed)
(viene de la anterior entrada) A las 8 h de la mañana nos dirigimos a la FELC, el organismo que se ocupa de los robos (el día anterior a las 20 h de la tarde ya estaba cerrado, así que tuvimos que esperar para denunciar lo sucedido).
Un agente gordo, de mediana edad y con ganas de todo menos de tramitar una denuncia nos recibió con toda la frialdad y la desidia de las que fue capaz.
- Venimos a denunciar un robo del que fuimos objeto ayer por la tarde.
Su respuesta, una mirada de desprecio y un lacónico: “Son Vds. bien descuidados ¿no?”. Tócate los cojones.
En otro país, en otras circunstancias y si Ramón no tuviera el vuelo de vuelta a España cuatro días después (incluyendo un fin de semana y un día festivo en Bolivia), le habríamos montado un pollo. Pero necestiábamos la denuncia para enviársela a la Embajada y que esta pudiera empezar los trámites.
Así que decidimos obviar la boutade y explicarle lo sucedido. Dos veces. Una para el registro de la policía, que se hacía a mano en un cuadernillo de esos que utilizábamos para tomar apuntes en primaria; y otra para el certificado, este sí a ordenador, que daba fe de que en el cuadernillo de marras constaba la denuncia. Eso sí, el policía no hizo constar en ningún momento la descripción de los cacos, lo cual da fe de su interés en perseguir el ilícito. Por lo demás, fue especialmente humillante el momento en que, después de llevar 20 minutos hablando con el hombre (en español) y en el segundo relato del robo el madero inquirió la nacionalidad de Ramón: “Nacionalidad francesa ¿verdad?”. Además de incompetente y maleducado, el agente era un burro.
Una vez hecha la denuncia y enviada a la Embajada, ya sólo quedaba ir el lunes a La Paz a recoger el pasaporte provisional. Ramón y yo acordamos que le dejaría dinero para tirar los cuatro días que le quedaban antes de irse y no era necesario que le acompañase a la capital, posibilidad que me desviaba mucho de mis planes (en el momento de escribir estas líneas ya está sano y salvo en España, ¡un abrazo desde aquí compi!).
El único cajero automático de Uyuni en el que aceptaban Visa estaba ocupado, así que decidí pedir un “avance de efectivo”, que consiste en que el propio banco te avanza el dinero, a cambio de una comisión. Esta operación se realiza pasando la tarjeta por un datáfono (el aparato que se utiliza en las tiendas para pagar con tarjeta).
Mi tarjeta ya me había dado algún problema en diferentes tiendas, porque estaba muy gastada, así que no me sorprendí cuando el datáfono dio un mensaje de error una, dos y hasta tres veces. La encargada de la entidad propuso un invento consistente en colocarle un celo por encima de la banda magnética y volverla a pasar por el aparato. Quedaba poco tiempo para que saliera mi autobús, no podíamos ir a otro banco y yo también necesitaba sacar dinero, así que decidí darle una oportunidad.
Cuál no fue mi sorpresa cuando la señora, después de aplicar el celo sobre la banda magnética, ¡LO RETIRÓ DE GOLPE! Ante la mirada atónita de vuestro relator y su acompañante, la mitad de la banda desapareció con el celo. Me entró un sudor frío y casi podría asegurar que el corazón se me paró por un instante.
- ¿Pero Vd. Sabe lo que ha hecho? ¡Se ha cargado la tarjeta! ¿Se da Vd. Cuenta de que ahora no voy a poder sacar dinero en ningún lado? ¡Me ha arruinado el viaje! ¿Pero cómo se puede ser tan ignorante? – estaba desfondado…
La señora, lejos de admitir la metedura de pata, optó por la técnica de la avestruz: hizo como si nada hubiera sucedido, pretendió que lo acaecido no tenía ninguna importancia y que si la tarjeta funcionaba iba a seguir haciéndolo sin ese “dibujito”. Mu’ pofesional…
No quedaba tiempo de discutir. Me fui atónito y cogí mi bus hacia Potosí, contando únicamente con 50 € que todavía no había cambiado y dando vueltas a cómo iba a seguir el viaje a partir de entonces.
Creía que eso era lo peor que me iba a pasar aquél día… inocente inocente.
Un agente gordo, de mediana edad y con ganas de todo menos de tramitar una denuncia nos recibió con toda la frialdad y la desidia de las que fue capaz.
- Venimos a denunciar un robo del que fuimos objeto ayer por la tarde.
Su respuesta, una mirada de desprecio y un lacónico: “Son Vds. bien descuidados ¿no?”. Tócate los cojones.
En otro país, en otras circunstancias y si Ramón no tuviera el vuelo de vuelta a España cuatro días después (incluyendo un fin de semana y un día festivo en Bolivia), le habríamos montado un pollo. Pero necestiábamos la denuncia para enviársela a la Embajada y que esta pudiera empezar los trámites.
Así que decidimos obviar la boutade y explicarle lo sucedido. Dos veces. Una para el registro de la policía, que se hacía a mano en un cuadernillo de esos que utilizábamos para tomar apuntes en primaria; y otra para el certificado, este sí a ordenador, que daba fe de que en el cuadernillo de marras constaba la denuncia. Eso sí, el policía no hizo constar en ningún momento la descripción de los cacos, lo cual da fe de su interés en perseguir el ilícito. Por lo demás, fue especialmente humillante el momento en que, después de llevar 20 minutos hablando con el hombre (en español) y en el segundo relato del robo el madero inquirió la nacionalidad de Ramón: “Nacionalidad francesa ¿verdad?”. Además de incompetente y maleducado, el agente era un burro.
Una vez hecha la denuncia y enviada a la Embajada, ya sólo quedaba ir el lunes a La Paz a recoger el pasaporte provisional. Ramón y yo acordamos que le dejaría dinero para tirar los cuatro días que le quedaban antes de irse y no era necesario que le acompañase a la capital, posibilidad que me desviaba mucho de mis planes (en el momento de escribir estas líneas ya está sano y salvo en España, ¡un abrazo desde aquí compi!).
El único cajero automático de Uyuni en el que aceptaban Visa estaba ocupado, así que decidí pedir un “avance de efectivo”, que consiste en que el propio banco te avanza el dinero, a cambio de una comisión. Esta operación se realiza pasando la tarjeta por un datáfono (el aparato que se utiliza en las tiendas para pagar con tarjeta).
Mi tarjeta ya me había dado algún problema en diferentes tiendas, porque estaba muy gastada, así que no me sorprendí cuando el datáfono dio un mensaje de error una, dos y hasta tres veces. La encargada de la entidad propuso un invento consistente en colocarle un celo por encima de la banda magnética y volverla a pasar por el aparato. Quedaba poco tiempo para que saliera mi autobús, no podíamos ir a otro banco y yo también necesitaba sacar dinero, así que decidí darle una oportunidad.
Cuál no fue mi sorpresa cuando la señora, después de aplicar el celo sobre la banda magnética, ¡LO RETIRÓ DE GOLPE! Ante la mirada atónita de vuestro relator y su acompañante, la mitad de la banda desapareció con el celo. Me entró un sudor frío y casi podría asegurar que el corazón se me paró por un instante.
- ¿Pero Vd. Sabe lo que ha hecho? ¡Se ha cargado la tarjeta! ¿Se da Vd. Cuenta de que ahora no voy a poder sacar dinero en ningún lado? ¡Me ha arruinado el viaje! ¿Pero cómo se puede ser tan ignorante? – estaba desfondado…
La señora, lejos de admitir la metedura de pata, optó por la técnica de la avestruz: hizo como si nada hubiera sucedido, pretendió que lo acaecido no tenía ninguna importancia y que si la tarjeta funcionaba iba a seguir haciéndolo sin ese “dibujito”. Mu’ pofesional…
No quedaba tiempo de discutir. Me fui atónito y cogí mi bus hacia Potosí, contando únicamente con 50 € que todavía no había cambiado y dando vueltas a cómo iba a seguir el viaje a partir de entonces.
Creía que eso era lo peor que me iba a pasar aquél día… inocente inocente.
viernes, 18 de junio de 2010
Salar de Uyuni
Entre el 15 y el 17 de junio estuve haciendo un tour en 4x4 por el Suroeste de Bolivia, llegando hasta Chile. La estrella del viaje era el Salar de Uyuni, que me decepcionó un poco inicialmente pero acabó convenciéndome por su espectacularidad. Se trata de un mar de sal que se extiende hasta donde abarca la vista, un paraje que tiene algo de místico y afortunadamente se ha conservado bastante virgen de la mano del hombre, salvo por alguna empresa de minería que explota sus inmensas riquezas.
Sin embargo lo que más me gustó de esa zona fue la Laguna Colorada y, sobre todo, la Laguna Verde, que en realidad es de un azul turquesa que sólo he visto en las playas caribeñas. También me impresionaron las fumarolas, cuyos gases tóxicos no impidieron que me hiciera una foto que pronto colgaré (donde estoy hoy no hay manera de subirla).
El punto amargo llegó al final del viaje. Cuando llegamos al pueblo de partida, Uyuni, le robaron la mochila a uno de mis compañeros de viaje, un madrileño de 33 años muy majo llamado Ramón. Y lo hicieron en la misma agencia de viaje, cuando descargábamos las bolsas, mediante una hábil maniobra en la que un chaval jovencito nos preguntó por un autobús a Oruro mientras su compinche, un hombre mayor, se introducía en la agencia, se hacía el despistado y, cuando toda nuestra atención estaba concentrada en el primero, se iba con la mochila debajo de la chaqueta.
Ramón, que había llegado a ver al ladrón, le buscó por los autocares y hoteles cercanos con la (escasa) ayuda de la (inútil) policía local, pero no hubo manera de encontrarle.
Mi amigo estaba desconsolado. En la mochila llevaba el pasaporte, DNI, dinero, tarjetas, las gafas normales y las de sol y la cámara. Repetía una y otra vez "todo el viaje a la mierda en un solo instante". Y tenía razón, claro.
En un primer momento otros dos compañeros de viaje y yo nos ofrecimos para acompañarle a La Paza a hacer los trámites con la Embajada para obtener un pasaporte provisional o un salvoconducto. Pero al día siguiente, viernes 18 de junio, se vio que no era necesario. Y a ese día quería llegar.
Sin embargo lo que más me gustó de esa zona fue la Laguna Colorada y, sobre todo, la Laguna Verde, que en realidad es de un azul turquesa que sólo he visto en las playas caribeñas. También me impresionaron las fumarolas, cuyos gases tóxicos no impidieron que me hiciera una foto que pronto colgaré (donde estoy hoy no hay manera de subirla).
El punto amargo llegó al final del viaje. Cuando llegamos al pueblo de partida, Uyuni, le robaron la mochila a uno de mis compañeros de viaje, un madrileño de 33 años muy majo llamado Ramón. Y lo hicieron en la misma agencia de viaje, cuando descargábamos las bolsas, mediante una hábil maniobra en la que un chaval jovencito nos preguntó por un autobús a Oruro mientras su compinche, un hombre mayor, se introducía en la agencia, se hacía el despistado y, cuando toda nuestra atención estaba concentrada en el primero, se iba con la mochila debajo de la chaqueta.
Ramón, que había llegado a ver al ladrón, le buscó por los autocares y hoteles cercanos con la (escasa) ayuda de la (inútil) policía local, pero no hubo manera de encontrarle.
Mi amigo estaba desconsolado. En la mochila llevaba el pasaporte, DNI, dinero, tarjetas, las gafas normales y las de sol y la cámara. Repetía una y otra vez "todo el viaje a la mierda en un solo instante". Y tenía razón, claro.
En un primer momento otros dos compañeros de viaje y yo nos ofrecimos para acompañarle a La Paza a hacer los trámites con la Embajada para obtener un pasaporte provisional o un salvoconducto. Pero al día siguiente, viernes 18 de junio, se vio que no era necesario. Y a ese día quería llegar.
miércoles, 16 de junio de 2010
Pequeña (y fría) serenata nocturna
Siempre me ha resultado curioso el motivo por el cuál algunas personas roncan. La teoría dice que suelen roncar los individuos obesos, aquellos que han bebido o los que tienen un problema respiratorio. Sin embargo, los que hayáis tenido la mala fortuna de dormir conmigo sabéis que a veces ronco, y no soy precisamente gordito, ni tengo problemas respiratoriso, ni lo hago necesariamente cuando duermo la mona.
Ahora bien, en ocasiones la teoría y la práctica se ponen fatalmente de acuerdo.
En estas disquisiciones me hallaba yo en el autobús Oruro-Uyuni, camino del salar más grande del mundo (el Salar de Uyuni) mientras contemplaba y escuchaba roncar a pierna suelta a un pequeño gran hombre - unos 1,60 m de altura y unos 150 kg de humanidad.
Era un viaje nocturno de 8 horas en autobús, en un invento llamado bus semi-cama que tiene unos asientos reclinables gracias a los cuales, si bien duermes igual de encajonado que en un bus ordinario, al menos lo puedes hacer medio estirado.
El autobús era incómodo, hacía un frío de narices y conciliar el sueño se convertía en una tarea imposible con la sinfonía de mi amigo el tenor quechua, que más que roncar parecía que estuviera rugiendo.
A pesar de ello, por el amplio ventanal podía contemplar un cielo cubierto de estrellas como he visto pocos en mi vida.
Esa noche me sentí muy afortunado mientras me dirigía hacia uno de los mayores espectáculos naturales de América del Sur.
Ahora bien, en ocasiones la teoría y la práctica se ponen fatalmente de acuerdo.
En estas disquisiciones me hallaba yo en el autobús Oruro-Uyuni, camino del salar más grande del mundo (el Salar de Uyuni) mientras contemplaba y escuchaba roncar a pierna suelta a un pequeño gran hombre - unos 1,60 m de altura y unos 150 kg de humanidad.
Era un viaje nocturno de 8 horas en autobús, en un invento llamado bus semi-cama que tiene unos asientos reclinables gracias a los cuales, si bien duermes igual de encajonado que en un bus ordinario, al menos lo puedes hacer medio estirado.
El autobús era incómodo, hacía un frío de narices y conciliar el sueño se convertía en una tarea imposible con la sinfonía de mi amigo el tenor quechua, que más que roncar parecía que estuviera rugiendo.
A pesar de ello, por el amplio ventanal podía contemplar un cielo cubierto de estrellas como he visto pocos en mi vida.
Esa noche me sentí muy afortunado mientras me dirigía hacia uno de los mayores espectáculos naturales de América del Sur.
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